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¿Qué significa el término domesticación?
Significa que en tiempos muy remotos el perro aprendió
a considerar al hombre congénere suyo.
En efecto, un animal salvaje puede considerar a un animal
de otra especie sólo de tres formas: presa, predador
o individuo neutro. Relaciones distintas a estas, relaciones
que comprenden socialidad y en cierto modo diálogo,
pueden tener lugar solamente dentro de una especie
animal.
Un individuo emite señales, el otro las recibe e interpreta.
Independientemente del tipo de señales emitidas, sólo
pueden ser entendidas por individuos de la misma especie.
Las señales serán mucho más numerosas
y articuladas en las especies capaces de una estructuración
social más compleja, como el lobo y el perro.
Así pues, ¿qué le sucedió al
primer perro domesticado? Se convenció de estar entre
perros de dos patas, y se puso a aprender con ahínco
el lenguaje humano, segurísimo de que era lenguaje
canino. Este proceso se llama precisamente domesticación
y ofrece diversas ventajas.
Primero, sirve para no ser agredido o herido. Este fue sin
duda el primer sin duda el primer resultado del que pudo complacerse
nuestro hombre primitivo una vez que su cachorro se transformó
en un adulto de largos colmillos.
Segundo, sirve para hacerle pensar al perro que la familia
es su jauría, a la que ha de defender y ayudar. Y aquí
surgen los primeros problemas, porque el perro y el lobo,
dentro de una jauría, pueden hallarse en diversas posiciones
jerárquicas, de gran jefe a último de los subordinados.
Obviamente, dentro de una familia humana, el perro se sentirá
un ser superior: tiene mejores dientes, olfato y oído
más desarrollados, patas más rápidas,
músculos más potentes... y a menudo se siente
incluso más intelilgente que nosotros.
Así pues, para él lo espóntaneo sería
asumir el papel de jefe de jauría, si el hombre no
interviniese en tiempos precoces (cuando el perro es cachorro)
explicándole que las cosas no funcionan así.
Eso es lo que hicieron los hombres primitivos y esto es lo
que hoy debemos hacer nosotros. El proceso se llama educación.
La educación debe impartírsele al cachorro
desde su más tierna edad. Con un adulto las cosas serían
más difíciles, porque hay una gran diferencia
entre explicarle a un niño que no podrá llegar
a ser presidente y destituir a un adulto que ya ha alcanzado
el cargo.
Lógicamente, en el curso de la educación al
cachorro se le impartirán ordenes, al principio simples
como "no", "ven" o "ve a la perrera",
luego algo más complejas, como "sentado"
o "tierra". Pero aún no estamos adiestrando
a nuestro perro, lo estamos colocando sólo en la posición
que le corresponde en la escala jerárquica de nuestra
familia-jauría.
Volvamos ahora por última vez a nuestro hombre primitivo,
que ya había domesticado y educado a su cachorro. Podemos
suponer que entonces pensó en servirse de algunas de
las cualidades de su nuevo amigo y compañero con fines
utilitarios, por ejemplo la vigilancia de un rebaño.
Le enseñaría entonces a perseguir a las ovejas
que huían, a reunirlas, a vigilarlas, etc.
Esto es lo que recibe el nombre de adiestramiento:
el proceso mediante el cual se le enseñan al perro
ejercicios específicos que deben llevarlo al desarrollo
de misiones profesionales.
Domesticación, educación y adiestramiento son
tres etapas fundamentales de la vida canina en relación
con el hombre y deben tener lugar siempre en este orden.
Sin embargo, alguién podría pensar que la domesticación
ya no es algo que nos afecte. En efecto, el perro es doméstico
desde hace millones de años y en la actualidad ya no
deberiamos preocuparnos de ello. El concepto es correcto sólo
en parte, porque el perro es indudablemente un animal doméstico,
que no nos considera ni presa ni predadores. Pero podemos
correr el riesgo que nos considere como individuos neutros
a los que ha de tratar con indiferencia o, lo que es peor,
con desconfianza, si el cachorro no tiene estrechas relaciones
con nosotros en las primera etapas de su vida.
Por lo tanto, también en nuestros días, deberemos
someter al cachorro a una especie de domesticación,
que en etología se llama imprinting y que representa
una etapa fundamental de su desarrollo. El imprinting
debe dársele al cachorro entre la cuarta y la séptima
semana de vida y se obtiene simplemente haciendo que vea,
oiga y huela al hombre, hasta hacerle creer que el hombre
es un congénere suyo. Sin imprinting no se obtiene
nunca un animal sociable y por tanto no se puede
obtener un perro de trabajo ni de compañia.
Resumiendo: las fases que nuestro perro ha de atravesar en
su vida junto al hombre son: imprinting, educación
y adiestramiento. Las dos primeras, de vital importancia,
siguen una única línea, común a todas
las razas. La tercera fase afecta exclusivamente a los perros
de trabajo y varía según las razas, en función
de la especialización que queramos obtener.
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